La fábrica de sombras


Vivimos en una fábrica de sombras. Un teatro de humo y espejos que nos vende ilusiones como si fueran destino. La película Matrix no era ciencia ficción, era metáfora: la pastilla roja sigue siendo hoy el acto más difícil.

Nos han entrenado para competir, competir y competir. Nos dijeron que la gloria y el beneficio estaban al final de esa carrera. Pero el camino está amañado. Un sistema construido para exprimirnos, disfrazado de justicia. Y así vamos, midiendo vidas en monedas y trofeos, sin ver que el juego ya está perdido.

El creador nunca cobró tributo por el sol. Nunca puso precio a los árboles, ni levantó impuestos por el agua. La naturaleza es puro don: alimento, refugio, belleza… todo dado sin factura. Y sin embargo, aquí abajo, levantamos templos al dinero y altares a los impuestos, como si la vida tuviera que ser comprada.

El verdadero sistema sería un espejo del creador. Un mundo donde todo se comparte y nadie pide recibo. Donde el médico cura porque ama la vida, el arquitecto construye porque disfruta creando, el campesino siembra porque la tierra le arde en las manos. Gratis, no porque no valga, sino porque vale demasiado para ser vendido.

Pero el sistema demoníaco exige pleitesía, sacrificios y ofrendas. Te cobra por nacer, por respirar, por morir. Y yo lo rechazo. Soy Guardián y no quiero parte en ese engranaje. No me vendo a su tributo.

Otro mundo es posible, y lo sabemos. La chispa del creador late en cada uno: amor, bondad, servicio mutuo. Si lo reflejáramos, la humanidad entera sanaría en un segundo.

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