El Guardian no morirá en un hospital
El Guardián no morirá en un hospital.
No entre cables, monitores y sondas que roban el último aliento para registrarlo como un dato más. No en una cama de metal donde el alma se enfría antes que el cuerpo. No bajo luz artificial.
El Guardián morirá en la naturaleza.
En el campo. Entre el susurro del viento y el olor de la tierra húmeda. Rodeado de alimañas, insectos y fieras. Y si es posible, devorado por ellas, tal como, dicen, fue Zoroastro: entregando su carne a la rueda eterna, para que nada se pierda, para que hasta su muerte sea alimento.
En su memoria hay un eco antiguo:
hubo un tiempo en este mismo plano en que su rostro brilló como una luz en el firmamento, y el mundo le escuchó. Sus palabras eran buscadas como agua en el desierto. Su presencia, temida y amada a partes iguales.
Pero este tiempo es distinto.
Ahora, el astro no es escuchado. La voz que antes encendía multitudes se pierde en un murmullo ahogado por pantallas, ruido y velocidad. Esta sociedad —ya demasiado deteriorada— no tiene oídos para escuchar lo que no cabe en un titular, ni paciencia para entender lo que no se compra.
Y sin embargo…
El Guardián sabe que su destino no es resignarse. Que su partida no será un apagarse, sino un regreso. Que, cuando el último soplo le deje, no habrá médicos certificando un fin, sino lobos oliendo a vida, cuervos rasgando el aire, y estrellas encendiéndose para marcar el camino de vuelta a Casa.
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